El rumor llegaba en el perfume. Las flores se tocaban, se inclinaban unas sobre otras, rozaban tallos, se sacudían tentativas y frágiles. El aroma, en racimos penetrantes y azules, se hacía parte de la brisa en esa tarde de primavera. El tronco delgado y las ramas como dedos largos pegados contra la pared, retorcidos, como sufrientes, eran de un marrón oscuro, a veces veteado con blanco grisáceo. Las flores de la glicina parecían pertenecer a otro cuerpo, eran tan brillantes y frágiles y fragantes. La planta no tenía hojas en primavera, sólo el cuerpo que siempre parecía viejo y las flores y el perfume. La glicina estaba contra una pared de ladrillo. El contraste del azul contra el rojo apagado era sorprendente. Hasta se podían ignorar el tronco y las ramas para que sólo quedaran el azul contra el rojo, y el perfume. También había otras flores y era curioso que, aunque cambiaran, la glicina permanecía contra la pared de ladrillo, siempre en flor. segue…

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