TRASPASAR LA INTERROGACIÓN DE LOS LÍMITES

Nela Rio – 2005

Si una supiera cómo sumergirse en el pasaje.

Cómo no sólo ver el fondo sino también la luz debajo de las olas.

Nadar o volar en el mar y en el espacio

hasta llegar a ver la aurora boreal

y descubrir que las nubes también son raíces.

Que salir es siempre llegar a alguna parte.

Que el vacío puede ser

una montaña al revés, un lacerado grito de llegada al centro de una misma.

Desplazamiento, delgada sombra,

una puerta a cada paso,

un enigma en cada despertar.

Llegar es detenerse. Reír o llorar,

guardando calladamente la senda que nos trajo,

ascendente carrera hacia el mundo frágil de crujientes noches

que fatigan las horas del volver.

El escenario que era nuestro reventando como un clavel en llamas.

Cada gesto una pausa, un silencio señalado,

heredando un candor de soledad y de familia

en una geografía todavía suspensa, despojada de constelaciones.

Saltar del inmarchito día a otro,

sentir que las palabras largamente usadas ya no son precisas.

La cegadora luz del pasaje puede ser la más oscura,

delineando recuerdos, referencias del vivir

que manoteamos corriendo por un sueño.

Entonces el deleite es abrir un pedazo de la vida y encontrar

que una todavía reconoce las letras en los renglones paralelos.

Viene el tiempo de recopilar memorias

sobre el jardín que vuelve a crecer.

El ritmo del ir y venir tiene canciones que parecen dormidas

buscando la mano que encuentre el teclado o las cuerdas,

para que la música se enlace otra vez

y bailar sea posible

en un despliegue de sábanas al aire, de cosquillas en las tardes grises,

de abismos y soledades atadas al sol.

El tiempo del asombro de estar en ese cuarto oscuro

y encontrar un perfil reconocible

que tiene un original en la mano que no es suyo.

A veces, cuando la pena o la alegría resuelven inscribirse

en la página en blanco que parece indiferente,

dejando que las letras como pasos,

compongan las primeras lágrimas y besos,

la forma lejanísima de los adioses encerrados, las sombras que caminan buscando vaya a saber qué de distinto y qué de único,

se aceptan,

y así, en la gran indiferencia, encuentran la integridad de la existencia.

Las cosas se van sin ruido,

o a veces como si se asomaran a un balcón y se cayeran.

Los recuerdos acarician o rasgan las ventanas de sus evaporados velos.

Como cosa ajena abrazan la partida,

una calle que ya no pronuncia su nombre,

una arraigada soledad que nos ponemos al partir

como si fuera un abrigo, una pantalla, un viento indeciso

que no sabe adónde correr.

Sólo percibiendo la orilla como un vacío y los árboles puestos de pié

en un adiós sobreviviendo como musgo entre sus ramas.

Y llegar a una tierra colgada en un paisaje indivisible,

borroneando la frase precisa,

interrumpiendo un idioma que ahora se retrae titubeando.

Tonalidades que hieren los ojos,

ruídos persistentes que no corresponden a palabras.

¿Por qué los ojos parecen más grandes cuando no ven las cosas de siempre?

como si el cuerpo fuera rehecho

en los escalones de una catedral desfigurada.

Entonces, un día, cuando ya las olas han batido las alas como pájaros

y la creciente sensación del pasar se acomoda a un modo de andar

donde las cosas adquieren perfiles

y se dibujan o desdibujan, pero tienen sentido,

la mano que escribe se detiene como si los pensamientos,

agotados, casi sin aliento, tuvieran que componerse, sosegarse,

percibir los ecos dentro del espíritu que sostiene una vela.

Nunca definitivamente. Siempre aquél aliento,

como si alguien respirara simplemente, sin explicación, allí,

como un ademán, un huésped del recuerdo,

una fidelísima representación de aguas serenas,

invitando a mirar hacia la profundidad de una madrugada.

La mano sin voz,

guiando aquella conversación en tinta,

transparentando este desplazamiento que se graba de a poco,

como una concurrencia que aplaude y se va.

La mano escribe llevándome con ella. Intacta, permanente.

Sólo que a ratos parece un retrato, una vaga fotografía,

una huella anticipada, formándose como si caminara por la arena

hacia una historia compartida que la convirtiera en un pasado.

La fabricación meticulosa de una vida entrevista.

Impresión inmediata de la medianía,

la penumbra en la que moran los días que ya han llegado.

Porque el centro no es un punto.

Porque el centro está en el lugar fijo que llevo por dentro, materia única,

un aire distraído que sin embargo acaricia y demanda transparencia,

la vida entonces allí ubicada,

se atiene a mi sorpresa, está expuesta al devenir. Todo fluye,

implícitamente recogiendo, cambiando, descubriendo,

superponiendo, creando toda una entera verdad en la invención.

Y entonces la mano se deja llevar sin contradicciones.

El poema tiene retratos venerables, y cercanos y perdidos,

canta al amor y a los sucesivos corredores de la extrañeza,

con natural desenvoltura abre las horas irresolutas,

y de aquél vagar hacia sí mismo encuentra el mundo y la mirada.

El vivir, este vivir puntualizado,

es naciente poema, línea vital de tinta y alborada.

Aquella ruptura perceptiblemente verdadera

atraviesa la hondura revelando el origen configurado en el hacer.

La palabra viva en su transcurrir, sencillamente justa,

traspasa la interrogación de los límites.

Llegar ha sido largo en este caminar totalizador y sustantivo.

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