Imagem de Roberto Rossi, La tetera negra, Muestra Vida Quieta, Museo Isaac Fernández Blanco

Mi tía Esperanza, conto de Nela Rio, foi finalista no concurso “Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente”.

Reproduzo a seguir o texto publicado em En Archivos del Sur, sob a direção de Araceli Otamendi.

Era en el tiempo aquél en que la tierra era grande y el cielo se extendía hasta más allá de los pueblos. Era aquél tiempo en que la flor del cardón, las margaritas de la Virgen, y los Plumones del Cielo marcaban los bordes de los caminos de tierra por donde se veían pocos autos y muchos caballos. En aquél tiempo éramos chicos y nos reíamos de todo y jugábamos a la escondida por cualquier razón.

Era también el tiempo del tren y de mi tía Esperanza.

Yo tenía una tía, la tía más linda del pueblo. De entre nosotros, era la que más se reía. No sé por qué tengo la impresión de que siempre tuvo el pelo blanco, de enrulado chiquito. Ella era toda alegría, tenía una juventud de naranjales en flor que siempre hizo que la quisiera muchísimo.

Recuerdo dos o tres veranos en que la íbamos a visitar. Nosotros vivíamos en otro pueblo no lejos de allí. Íbamos con nuestros padres y, mientras ellos se iban a visitar a los parientes de mi madre, nos dejaban estar en la casa de la tía Esperanza. ¡Qué fiesta para nosotros¡ Jugábamos en el patio de tierra, correteábamos haciendo huellas en el patio recién barrido que todavía olía a húmedo, porque mi tía lo había regado con un jarrito de loza blanca antes de barrerlo. De esa casa no me acuerdo más que del patio. El patio era como la entrada al campo, a la pampa, a la inmensidad, a lo que estaba más allá de mi pueblo y del de mi tía. No recuerdo ni siquiera cuántos chicos éramos; sólo veo a un grupo alrededor de la tía. Ella siempre estaba en medio de nuestras corridas y juegos, y a mí me parecía la más divertida de todos. Mi hermana mayor y mi prima eran “las grandes” y, me parece, no lo recuerdo bien pero lo sospecho, que no jugaban con nosotros. Entonces ¿quiénes estaban? Recuerdos vagos… envidio a esas personas que cuando se ponen a recordar lo saben todo, hasta los mínimos detalles. Sólo recuerdo que me sentía contenta jugando en un patio de tierra… había pocos árboles, una cocina oscura a un lado y una serie de cuartos al otro. Lo importante era el patio y el sol y los juegos y la risa contagiosa de mi tía.

Tengo una imagen que se repite y repite en mi memoria y siempre me trae esta alegría quietecita, que endulza el silencio, porque es tan bonita: mi tía saliendo de la cocina oscura corriendo con pasitos cortos, ¡era tan chiquita!, secándose las manos en un repasador amarillo con rayas azules y, entre risitas entrecortadas anunciaba feliz: ¡el tren! ¡el tren! y con su voz, con su ansiedad, con su entusiasmo nos reunía a todos en el patio de tierra y corríamos juntos, saltando, jugando, celebrando…

Ya el pitazo del tren que llegaba a la estación del pueblo llenaba el campo y sacudía cardales y las margaritas y nosotros corríamos con la tía al frente que nos apuraba con sus gestos. La casa estaba a la salida del pueblo y pronto vendría el tren. En mi recuerdo había un trecho largo hasta el final del patio y llegábamos sofocados al alambrado que lo separaba del campo y nos colgábamos de los alambres, agitados y chillones.

A mí me gustaba mirar a mi tía cuando ella miraba a lo lejos hasta que descubría el tren. Y me parecía que el pitido del tren coincidía con el abrir de los ojos de mi tía. ¡Qué linda se la veía! Con su pelo enrulado, su risa festiva, los ojos abiertos como soles recién inaugurados tratando de no perderse nada. Con la mirada intensa ella le daba a la llegada del tren un aire prodigioso; creaba tan cosquilleante ansiedad que nos hacía esperar el tren a los saltitos y empujones porque había que estar preparados para el paso rápido; con sólo mirarlo, ella llenaba el tren de historias y, mientras se acercaba, lo iba haciendo suyo y lo esperaba como se espera a un amigo.

Después yo miraba el tren, negro, grande, humoso, pitando fuerte, paso pesado sacudiendo campos… Nunca me causó miedo ni su tamaño ni su ruido. Mi tía lo había transformado en una presencia amistosa, el invitado que llega trayendo paquetitos con sorpresas, que, de pronto estaba allí, llegando, pasando, dejando lo inusitado, lo esperado. Mi tía y nosotros comenzábamos a agitar las manos y a decir adiós adiós adiós siete veces… y las ventanillas se llenaban de gente, unos sonreían; otros sonreían y saludaban con la mano; otros seguían alguna conversación con el compañero de asiento, pero siempre había mucha gente en las ventanas y saludos, gestos amistosos, y a uno le parecía que no podía haber nada malo en el mundo. Siempre pensé que si no hubiera sido por mi tía, esas personas, las que traía y llevaba el tren, no hubieran tenido la experiencia de haber sido recibidas –quizás por primera vez en su vida—con tanto calor y tanta alegría. Cuántos habrán habido que sintieron en ese momento lo que nunca antes sintieron, que eran queridos, apreciados, que eran ¡al fin! importantes para alguien. Y para eso estaba mi tía: para cambiar la vida de alguna gente que se alejaría con el tren sintiendo en el pecho eso que tenía mucho que ver con la ternura, la quieta alegría, porque de alguna manera que no se podrían explicar, ellos eran importantes para esa señora chiquita más risueña que los niños.

Y allá se iba el tren, derechito hacia el final del campo y la tía y los niños volvíamos al patio…. Dentro de dos días pasaría el tren otra vez…

Será por eso que, después, cuando ya era grande y vivía en otras tierras y andar en tren no era una necesidad sino casi un lujo de nostalgia, elegía mi propia ventana y permanecía horas mirando hacia fuera, tratando de ver quién me diría adiós con la mano, quién reconocería mi presencia en la ventana; y, debe ser también por eso que, aunque mis compañeros de asiento sonreían con cierto aire de superioridad y lástima, yo, tímidamente, saludaba a los niños y a las viejecitas de pelo blanco que aunque miraban pasar el tren ya no decían adiós con la mano, parapetados como siempre en los cordones suburbanos….y yo me quedaba con el gesto desvalido, como un guante mojado. Cómo me hubiera gustado pasar con el tren por el pueblo de mi infancia y anticipar el encuentro de la tía más bonita del pueblo, alborotada como un pájaro de saltitos menudos y risa cantarina, saludándome con la mano y haciéndome sentir que ella había estado allí, desde siempre, esperando el tren para saludarme con la mano y hacerme apreciar eso tan especial dentro del pecho que llamamos ternura.

Ahora los trenes se están yendo y mi tía hace mucho que se ha ido. Pienso que hay tanta gente huérfana de saludos, de sonrisas amistosas, de alguien que mire una ventana que pasa fugaz y reconozca una presencia.

© Nela Rio

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